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domingo, 17 de diciembre de 2017

Éramos tú y yo. El mundo nos sobraba. (Texto: Jurista89 / 2º Ganadora Concurso Texto Propio)

El sexo es de las pieles, el roce, el sudor…
Es de la respiración. Que se acelera, entrecorta, que se ahoga.
Es del aliento  del suspiro, del gemido que dejas escapar en el oído.
Del deseo en la mirada. Del suplicar más, agarrar con fuerza, de ser uno en el cuerpo de dos.
Éramos tú y yo. El mundo nos sobraba.
Y te echo de menos. Podría gritarlo más, dejarme los pulmones en el intento, desgarrarme la garganta. Sufrirlo. No me importa.
La verdad que no me abandona es que te echo de menos. Que comencé a hacerlo en el último beso, es curioso que nunca sabemos que lo es hasta que es demasiado tarde y no podemos volver atrás en el tiempo.
Tiempo joder, me faltó tiempo para quererte, tiempo de tenernos. Parece tan insignificante que no apreciamos la importancia que tiene.
El tiempo que se pierde y no vuelve como vuelven mis ganas al evocar tu recuerdo. Que si cierro los ojos nos veo a los dos en aquel primer momento; tú apoyado en el coche, yo tratando de no caerme con los tacones. Y así transcurrió lo nuestro tú apoyado viendo pasar yo tambaleante tratando de no caer.
Y perdona que no te mire pero tienes los ojos impregnados de alcohol y la herida aun está abierta y duele.
Que si tú me miras el alma desgarra.
Abriré la botella para beberme hasta el fondo y encontrar el “te quiero” que callé entre caladas y que como la nicotina se me pegó al pecho para terminar vomitando en medio de la resaca todos tus recuerdos.

Tal vez volvamos a vernos (Texto: Sirene / 1º Ganadora Concurso Textos Propios)

¿Quién sabe? Tal vez volvamos a vernos. Tal vez en un tiempo estemos a prueba de miedos. 
Tal vez en algún momento estemos a prueba de orgullo y ego. Tal vez entonces, y sólo entonces, estemos preparados para querernos bien. 

Y en ese mejor de los casos, tal vez el destino se compadezca de nosotros y nos sitúe de nuevo en el punto de partida del tablero. Maldito juego. 

Y maldita la casilla en la que coincidí contigo. Tal vez la vida nos otorgue el privilegio de que una casualidad nos guíe hacia la misma calle, a la misma hora del mismo día y de la misma ciudad, produciendo en ese caso un terremoto con magnitud 10 en la escala de Richter. 

Tras este temblor momentáneo que se produciría al encontrarnos a escasos centímetros de distancia, volveríamos a sentir poco a poco el suelo firme bajo nuestros pies y volveríamos a notar la presencia de gente en las calles, totalmente ajenos a este desastre natural. Iríamos a tomar un café al sitio donde solíamos ir tantas veces cuando éramos uno. 

Hablaríamos de todo lo que nos habríamos perdido durante el tiempo de ausencia, reiríamos, y sin duda alguna, nos encargaríamos personalmente de maquillar nuestra vida con supuestos éxitos y de fardar de una felicidad inestable y falsa que, créeme, se encontraría muy lejos del tipo de alegría que experimenté siendo tuya. 

Seguiríamos bebiendo nuestro café, 
a sorbos pequeños, intentando hacerlo infinito. 

Volvería a sentir tu presencia imparable como fuego incendiándolo todo a su paso, 
encendiendo de nuevo partes de mí que fueron víctimas de la hibernación que causaste la noche que te fuiste. 

Pero tarde o temprano, el café se acabaría, o se enfriaría, no sé qué pasaría primero. Saldríamos del local, lo que nos devolvería brusca e irremediablemente a la realidad, 
y pronunciaríamos débilmente unas palabras de despedida seguidas de un “cuídate”. 

Y así, orgullosos, comenzaríamos a caminar hacia extremos opuestos de la calle,
mientras ambos repetiríamos la misma frase una y otra vez 
con la intención de, en algún momento, llegar a creerla; 
“es mejor así”.


Texto: Sirene



domingo, 10 de diciembre de 2017

Papá


No sabría cómo empezar a expresarme, pero gracias, eternamente agradecida.

Gracias por ser el hombre de mi vida, 
desde siempre, 
desde que abrí los ojos por primera vez y te agarré fuerte con mi mano diminuta.

Tú siempre luchando contra dragones y acunándome cuando el miedo asoma.

El único capaz de hacerme llorar riendo, de sacar lo mejor de mí y ser sol en mitad de la tormenta.

Papá, 
cuatro letras pero eso que lleva dentro es demasiado grande como para caber en una palabra, 
pero sí en el corazón.

Gracias, por enseñarme a crecer bien, 
por enfadarte cuando era necesario, 
por ser guerrero, marinero, gigante y huracán.

Cuando dicen que nadie es imprescindible en esta vida, debo gritar que se equivocan. 

Porque padre solo hay uno, 
y si ese uno se va jamás vendrá otro que le sustituya, 
dejará un hueco en el pecho, 
un vacío en el estómago que solo esas personas indispensables e irremplazables saben crear.

Papá, aunque no sea de decírtelo mucho, estaría dispuesta a bajar la Luna por ti, comprarte estrellas y pelear con quien haga falta.

Gracias por conseguir esos abrazos que paran el tiempo y las penas, 
por tratarme como princesa pero enseñarme que también soy guerrera.

Por apoyarme y aconsejarme, por ser el único hombre de mi vida que no me hará daño.

Si me preguntasen qué quiero ser de mayor les respondería con tu nombre, 
porque personas así no se encuentran en todos lados, y sí, es de admirar.

Por todo esto y mucho más,

gracias,


papá.

domingo, 26 de noviembre de 2017

No me mereces


Hola, ya estaba tardando en pasarme por aquí.
Sé que tu boca me echa de menos, que tu estómago no ha digerido mi partida y que no has encontrado casa en otros labios.
Sé que has querido olvidarme pero no puedes, que soy esa herida que no cicatriza, un remate mal cosido y que he conseguido crear un agujero negro en tu pecho que no tiene intención de cerrarse.
Pero no, no pienso volver. Pero te advierto que esta nómada no se irá de tu cabeza hasta que la culpa se coma hasta las sábanas.
No se le puede cortar las alas al viento, tampoco a mi, que te di hasta los domingos y las ganas de revolucionar la primavera.
Maldito amor fantasma, ese que se escapaba de tu boca cada dos por tres, al que yo le sabía  a poco, y ahora llora en cualquiera esquina gritando mi nombre.
No me mereces, ni tampoco me merecías el día que me comiste los miedos. Y ahora que ves que el invierno llega, que el frío te ahoga y que no te sacia ninguna boca, vienes prometiendo castillos de papel, palabras torcidas y rosas muertas.
Ahora que me ha llevado la marea te das cuenta que lo que se pierde pocas veces se vuelve a ganar.
Te advierto que no pienso regresar a tus brazos, porque necesito a alguien que me necesite incluso a oscuras, alguien con quien los lunes sean menos dolorosos y que me haga querer la guerra para encontrar la paz bajo su lengua.
Ya estaba tardando en pasarme por aquí, pero no para hacer tus sueños realidad, para que aprendas a que los diamantes no se rompen, que dejo huella aunque no quieras, que no eres para tanto ni yo para tan poco.
Ojalá el invierno te hiele el corazón, para que la primavera vuelva con el amor a cuestas pero no de mi mano.

Porque no me mereces, ni ayer, ni nunca me merecerás.